
Por Fredy Frank
Hay historias que pertenecen a una sola persona. Y hay otras que terminan contando la vida de miles.
La de Julio Rivero es una de esas historias.
Cuando habla de aviones, sus ojos todavía brillan como los de aquel joven que en 1984 egresó de la Escuela de Educación Técnica Benjamín Matienzo de Posadas con un título que era mucho más que un oficio: era un proyecto de vida. La aviación no era solamente un trabajo. Era una pasión, una vocación y una forma de imaginar el futuro.
Pero la Argentina de finales de los años noventa y comienzos de los 2000 tenía otros planes para toda una generación.
Aquellos fueron años de incertidumbre, cierre de empresas, privatizaciones, desempleo y familias enteras viendo cómo los sueños construidos durante décadas se desmoronaban en cuestión de meses. Mientras algunos intentaban resistir, otros comenzaron a mirar hacia afuera. España, Estados Unidos, Italia, Australia. Cualquier lugar parecía ofrecer algo que el país ya no podía garantizar: estabilidad. Julio fue uno de ellos.
Cuando los sueños se quedaron en tierra
Durante años trabajó en la Dirección de Aeronáutica de Misiones, una estructura que hoy muchos recuerdan con nostalgia.
Desde allí se realizaban tareas que iban mucho más allá del transporte aéreo. Los aviones provinciales llevaban medicamentos, alimentos y asistencia a lugares alejados. Trasladaban enfermos y accidentados. Participaban en operativos contra incendios. Conectaban comunidades que muchas veces quedaban aisladas por la geografía de la provincia. Entre esas aeronaves se destacaban los Arava, aviones especialmente aptos para operar en pistas cortas y de tierra, ideales para una provincia como Misiones.
Para Julio, aquello era mucho más que un empleo estatal.
Era una misión.
Era sentir que el trabajo de cada día podía salvar una vida.
Pero llegó el año 2000.
La crisis económica golpeaba con fuerza. Los presupuestos se reducían. Las prioridades cambiaban. Y poco a poco comenzó el desmantelamiento de aquella estructura aeronáutica.
Los aviones fueron vendidos.
Las operaciones se paralizaron.
La Dirección perdió protagonismo.
Y con ella también se derrumbaron los proyectos de quienes habían construido su vida profesional alrededor de esa actividad.
“Todo se cayó”, resume Julio.
Detrás de esas palabras hay algo más profundo que una crisis laboral.
Hay una sensación que miles de argentinos conocen bien: la de ver cómo desaparece el futuro que uno había imaginado.
La decisión más difícil
Para quienes nunca emigraron, irse suele parecer una aventura.
Para quienes realmente tuvieron que hacerlo, casi siempre fue una necesidad.
Julio tenía familia.
Tenía responsabilidades.
Tenía que seguir adelante.
Y entendió que quedarse ya no era una opción.
Entonces hizo lo mismo que hicieron miles de argentinos durante aquellos años: armó las valijas y se fue.
El destino fue Miami.
No porque fuera un sueño americano.
Sino porque era una oportunidad.
La mochila invisible
Durante seis años trabajó en una empresa dedicada a la compra y venta de repuestos aeronáuticos.
Profesionalmente le fue bien.
Su formación técnica le permitió desenvolverse con solvencia en un mercado altamente competitivo.
Los conocimientos adquiridos en una escuela pública de Posadas demostraron estar a la altura de cualquier exigencia internacional.
Sin embargo, había algo que ningún empleo podía resolver.
El desarraigo.
Julio lo describe como una mochila pesada.
Una carga silenciosa que acompaña todos los días.
La nostalgia por la tierra propia.
Los amigos.
La familia.
Las costumbres.
Los afectos.
Porque emigrar no consiste solamente en cambiar de país.
Consiste en reconstruir la propia identidad lejos de todo lo conocido.
Y aun cuando las cosas funcionan, siempre queda una sensación difícil de explicar.
La de ser extranjero.
“Uno siempre es extranjero”, dice.
La frase parece simple, pero resume la experiencia de millones de migrantes alrededor del mundo.
El costo oculto del sueño
Mientras muchos imaginan el exterior como una solución definitiva, Julio aprendió que ninguna realidad es perfecta.
Recuerda especialmente el costo de la salud.
Las dificultades para afrontar gastos médicos.
La incertidumbre que genera pensar en la vejez lejos de las redes familiares.
Aspectos que rara vez aparecen en las fotos que circulan por las redes sociales cuando alguien se va.
Porque detrás de cada historia de éxito también existen sacrificios invisibles.
Y detrás de muchas oportunidades aparecen nuevos problemas.
Por eso, cuando observa a los jóvenes argentinos que hoy vuelven a emigrar hacia Brasil, Europa o Estados Unidos, encuentra inevitables paralelismos con lo que él vivió hace más de dos décadas.
La historia parece repetirse.
Cambian los destinos.
Cambian los gobiernos.
Cambian las circunstancias.
Pero la búsqueda sigue siendo la misma: encontrar un lugar donde los proyectos personales puedan crecer.
Volver a empezar
En 2006 tomó otra decisión difícil.
Regresar.
Volvió a la Argentina sin empleo y en una situación económica compleja.
Otra vez debía comenzar desde cero.
Otra vez debía reconstruirse.
Durante un año buscó trabajo.
Hasta que una habilitación profesional obtenida años antes en LAPA terminó abriéndole una puerta.
Ingresó a Aerolíneas Argentinas.
Primero trabajó en Corrientes.
Después logró regresar definitivamente a Posadas.
Y desde allí continuó desarrollando la profesión que había elegido desde joven.
Cuando mira hacia atrás, no se arrepiente.
Ni de haberse ido.
Ni de haber vuelto.
Porque ambas decisiones le dejaron enseñanzas.
Porque ambas etapas lo transformaron.
Porque ambas forman parte de la misma historia.
Un avión de 1946 y una forma de agradecer
Hoy, ya lejos de aquellas turbulencias, Julio sigue vinculado a la aviación.
Lo hace a bordo de una pequeña joya histórica: un Air Coupe fabricado en 1946, apenas terminada la Segunda Guerra Mundial.
Con esa aeronave realiza vuelos simbólicos que despiertan emociones en la comunidad.
Sobrevuela actos patrios.
Arroja escarapelas durante las celebraciones del 25 de Mayo.
Rinde homenaje a los veteranos de Malvinas.
Participa en eventos especiales.
No busca protagonismo.
Busca transmitir algo.
Recordar.
Emocionar.
Mantener viva una pasión que comenzó hace más de cuarenta años.
La importancia de una pista
Julio insiste en una idea que para muchos puede parecer menor.
La necesidad de recuperar las pistas de aterrizaje abandonadas en el interior de Misiones.
Para él, una pista no es solamente una infraestructura.
Es una herramienta de integración.
Es una posibilidad de asistencia sanitaria.
Es una vía para emergencias.
Es una oportunidad para el turismo.
Es un espacio para despertar vocaciones.
Es una puerta abierta al desarrollo.
Por eso impulsa iniciativas para reactivar aeroclubes y recuperar espacios que el tiempo fue dejando atrás.
Sabe que quizás no vea todos los resultados.
Pero también sabe que alguien debe comenzar.
La historia de una generación
La vida de Julio Rivero no habla solamente de aviones.
Habla de la Argentina.
Habla de los años en que miles de jóvenes y trabajadores hicieron las valijas porque sentían que no tenían futuro.
Habla de familias separadas por la necesidad.
Habla de quienes encontraron oportunidades lejos de casa y de quienes jamás dejaron de extrañar.
Habla también de aquellos que regresaron para volver a empezar.
Su historia es la historia de una generación que aprendió a sobrevivir a las crisis, a reinventarse y a seguir adelante aun cuando el horizonte parecía cerrado.
Y quizás por eso resulta tan actual.
Porque mientras muchos jóvenes vuelven a mirar hacia otros países buscando oportunidades, la experiencia de Julio ofrece una reflexión valiosa.
Irse puede ser una salida.
Quedarse puede ser una apuesta.
Volver puede ser un nuevo comienzo.
Pero en cualquiera de los caminos, hay algo que nunca cambia.
La necesidad de construir un país donde los sueños no tengan que despegar obligatoriamente hacia otro destino
Fuente: https://diariosol.com.ar/julio-rivero-la-generacion-que-hizo-las-valijas/