
Hablemos de "bullying"
La psicóloga Natasha Sphan visitó los estudios de FM Sol en el programa del mediodía con Fredy
25 de Mayo, Misiones. En un contexto social cada vez más atravesado por episodios de violencia entre jóvenes, la psicopedagoga Natasha Sphan advirtió que estos hechos no pueden analizarse como situaciones aisladas, sino como la manifestación de una problemática estructural que involucra a toda la sociedad. Durante una entrevista realizada este miércoles, la profesional puso el foco en la responsabilidad adulta, el impacto de las redes sociales y la necesidad urgente de reconstruir los vínculos entre familia y escuela.
“Cada vez que ocurre un hecho extremo, como un tiroteo en una escuela —aunque sea lejos—, nos interpela a todos”, sostuvo Span. “No es algo que pasa en otro lado. Es un emergente social que también nos atraviesa”.
Una problemática social que excede a los jóvenes
Span fue categórica al afirmar que la violencia juvenil no surge de manera espontánea, sino que responde a contextos familiares, educativos y sociales que muchas veces fallan en contener. En ese sentido, remarcó que la responsabilidad principal recae en los adultos.
“Los niños no actúan en el vacío. Hay una responsabilidad directa de padres, docentes y de la comunidad en general. Cuando un chico llega a un punto de violencia, es porque algo antes no se vio, no se escuchó o no se atendió a tiempo”, explicó.
En zonas rurales como 25 de Mayo, la especialista señaló además un factor de riesgo particular: la naturalización del uso de armas. “Es común que en algunas familias haya armas y que los chicos aprendan a usarlas desde pequeños, muchas veces en contextos de caza. Pero eso también aumenta el riesgo de que esas armas ingresen a la escuela. Y eso ya ha pasado”, alertó.
Bullying en aumento y menos herramientas emocionales
Uno de los ejes más preocupantes es el crecimiento del bullying en las escuelas. Según Span, no solo aumentaron los casos, sino que disminuyeron los recursos emocionales de los niños y adolescentes para afrontarlos.
“Hoy vemos chicos con menos capacidad de expresar lo que sienten, de pedir ayuda o de apoyarse en sus pares. Antes el grupo contenía más. Ahora ese entramado está debilitado”, señaló.
En este escenario, las redes sociales juegan un papel determinante. “Han cambiado la forma en que los chicos se vinculan. Se perdió mucho del cara a cara. Cuesta más mirarse, hablar, decir ‘esto me duele’. Y eso se traduce en más frustración, más angustia y, en algunos casos, más agresión”, indicó.
Span subrayó que para los jóvenes actuales la vida virtual tiene un peso equivalente —o incluso mayor— que la vida real. “Un comentario, un ‘like’ o una agresión en redes tiene un impacto emocional total. No hay una separación clara entre lo virtual y lo real. Todo se vive como real”.
Las heridas que no se ven… pero quedan
La profesional también hizo hincapié en las consecuencias a largo plazo del bullying. “Las humillaciones que no se procesan en la infancia no desaparecen. Se transforman en adultos con ansiedad social, con miedo, con interpretaciones erróneas de la realidad”, explicó.
En muchos casos, agregó, el dolor más profundo no es el hecho en sí, sino la falta de acompañamiento. “Lo que más marca es no haber sido visto, no haber tenido a alguien que diga ‘esto que te pasa es importante’”.
Por eso, Span insistió en que la salud mental de los adultos es un pilar fundamental. “No podemos acompañar a un niño si nosotros estamos desbordados o con heridas no resueltas. La sanación no es automática.
Requiere trabajo, decisión y compromiso”.
Familia y escuela: un vínculo a reconstruir
Frente a este panorama, la especialista planteó una serie de estrategias concretas. La primera, y quizás la más simple, es recuperar la escucha.
“Escuchar de verdad. No solo preguntar ‘¿cómo te fue?’, sino generar espacios donde el chico pueda hablar, donde sienta que es importante. Eso ya es una herramienta enorme”, afirmó.
También remarcó la necesidad de fortalecer el vínculo entre familia y escuela. “Esa conexión se ha debilitado mucho. Los padres tienen que acercarse, informar lo que pasa, y la escuela tiene que responder”.
En ese sentido, destacó el rol del Gabinete Psicopedagógico Interdisciplinario (GPI), un recurso estatal que funciona en el departamento. “Es un equipo accesible para todos. Padres, docentes o incluso alumnos pueden acercarse. Se evalúan los casos y se generan estrategias de intervención. Es una herramienta clave que muchas veces no se utiliza lo suficiente”.
Un contexto que agrava la situación
Más allá del ámbito escolar, Span advirtió sobre factores externos que influyen directamente en la conducta de los jóvenes. Entre ellos, mencionó los discursos de odio en la esfera pública.
“Cuando desde lugares de poder se valida la agresión verbal, eso baja a toda la sociedad. Y los chicos lo absorben aún más, porque no tienen del todo desarrollada la noción de consecuencias”, señaló.
A esto se suma la crisis económica, que impacta de lleno en la dinámica familiar. “La incertidumbre genera ansiedad, tensión, desorganización. Y eso repercute en la presencia de los adultos, en la calidad del vínculo con los hijos”.
Un futuro posible, pero con esfuerzo
A pesar del diagnóstico crítico, Span se mostró cautamente optimista. “Va a llevar tiempo revertir esto, pero hay señales positivas. Hay padres que están empezando a poner límites a las pantallas, a recuperar espacios de encuentro”.
Para la profesional, el camino es claro: volver a lo esencial. “Reconectar, mirar al otro, escuchar, estar. No hay soluciones mágicas, pero sí hay acciones concretas que pueden marcar la diferencia”.
Una tarea de todos
La entrevista dejó una conclusión contundente: la violencia juvenil no es un problema de los jóvenes, sino el reflejo de una sociedad en crisis. Y su solución requiere un compromiso colectivo.
Padres más presentes, escuelas más articuladas, adultos emocionalmente disponibles y una comunidad que deje de mirar para otro lado aparecen como las claves para empezar a revertir una problemática que, lejos de ser ajena, golpea cada vez más cerca.
Porque, como advirtió Span, “cuando un chico grita con violencia, muchas veces es porque antes nadie escuchó su dolor”.